Las sorpresas están omnipresentes en nuestras vidas. Son una especie de mini sobresaltos, micro tomas de conciencia que nos sacan del orden, de la rutina, de la costumbre o del aburrimiento. Nos convierten en personas sin pretensiones, abiertas, que asumen el riesgo de no saber, de perderse, de ser privadas de nuestras seguridades, de colapsar en nuestro centro más íntimo. La sorpresa, pequeña o grande, nos enfrenta a lo incomprensible e
impone la ausencia de sentido, aunque signifique arrebato, vértigo, desesperación.
Pero lo realmente sorprendente es que la sorpresa es una cuestión que apenas ha requerido la atención de la Filosofía. Demasiado ordinaria, demasiado anecdótica: mínima.
¿Acaso la pone a prueba? ¿La baja de su pedestal? Natalie Depraz presenta una hipótesis: la sorpresa, lejos de estar reservada al sujeto (sorprendido) o limitada al objeto (sorprendente), radica en una dinámica. No es sólo un instante sino un proceso, inscripto en el tiempo, su hilo conductor. Esta dinámica, apoyada en sus estructuras vivenciales, la atención y la emoción, le confiere un contenido filosófico específ